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Zachary Balber: fotografía del extrañamiento, performance de la intimidad

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Ante las fotografías de Zachary Balber, quiero poner en pausa cualquier intento de autoficción, mientras indago en la íntima extrañeza de una ciudad que se ha ido extendiendo ante mí.

Mientras me dispongo a teclear la primera oración de este texto advierto que estoy situado en un incómodo tiempo gramatical. La concatenación y contención de ideas y oraciones será muy ardua, como resultó la travesía hacia Artmedia Gallery en Little River. ¿Habría preferido entonces transitar por el texto sin dirección única?

Hay una lógica a seguir. Eso me dije al abordar la primera guagua: la ruta 100, también lo repetí con la muda voz del pensamiento al bajar de la segunda: la 9. Las distancias y los tiempos en Miami no responden a las estrategias que uno toma en La Habana.

¿Tener como referencia una ciudad sumida en el caos tiene sus ventajas? La Habana cual inverosímil ardid y no un hándicap. Hunting Myself, digo para mí tras llegar, saludar y mirar sin preocuparme demasiado por la lógica del lugar.

Hunting Myself es el título de una foto que vi por primera vez. Di con ella en un punto del planeta al que arribé tras cruzar Miami Downtown y Little Haiti. El fotógrafo, Zachary Balber (Pittsburgh, 1983), me resulta tan extraño y a la vez familiar tal cual me sucede con la foto, la galería, y con el viaje a este punto del planeta tan lejos y tan cerca de La Habana.

Zachary: un sujeto en extremo íntimo en un contexto extraño. O viceversa. Porque se transforma en un individuo perceptible y casi cotidiano de tanto repetirse cual protagonista de las ciento cincuenta imágenes de la serie Intimate Stranger, exhibida desde noviembre de 2023 hasta febrero de 2024, y curada por José Antonio Navarrete.

Todo lo anterior ocurre en La Florida, en Miami, bajo el efecto de un crudo y ventoso febrero, en una galería y en mi cabeza. Lo que veo y acontece es real. Mientras, voy generando ajustes y parece que funcionan, que me estoy adaptando, que he cambiado de marcha y velocidad, que estoy cazándome a mí mismo.

Casi al igual que en la foto Hunting Myself, desde la planta baja de mi cerebro voy trepando escalón por escalón hasta llegar a la planta alta. Medio desnudo camino descalzo entre los meandros de la masa encefálica como el que visita por primera vez un caserón que ya conoce, en busca de ese que soy, para interrogarlo, para darme caza. Sí, la paradoja. La foto se ajusta al proceso mental activado en mi cabeza en esta variante de desterritorialización o de tránsito por un aparente no-lugar, si es que los términos se ajustan, pero hasta aquí me permito la parte del testimonio, si es que puede ser posible mantener en pausa la no ficción.

Hablaba de una foto, un artista visual y de una serie ejecutada en Miami entre el 2013 y el 2020. El catálogo revela que solo unas pocas imágenes han sido exhibidas con anterioridad en exposiciones colectivas. Eso creo haber leído y entendido.

Tuve la suerte de dialogar con el galerista Gady Alroy. Tras revelarme varias capas de sentido y parte de la biografía del fotógrafo seguí ajustando un proceso mental que no ha acabado todavía. Un proceso que podría ser descrito con la intersección de dos curvas si es que las fotos FUR y Bracing for Impact pudieran de esa manera representarse: el punto medio en que un sujeto de cara a una puerta abierta está a medio vestir y cubierto con lo que parece ser un lujoso abrigo de piel mientras mira a lo lejos –¿alguien que se va, que se ha despedido para siempre, algún suceso definitivo o definitorio?–, y el que en posición fetal aguarda por un duro impacto –del nacimiento, de la vida, o de la muerte.

Zachary Balber, fotógrafo de real estate, en su rutina de trabajo diaria cizalla de inmuebles de alto lujo, y diseños que van de lo racional a lo clásico y de ahí a lo pop y a lo demencial, los ambientes que luego serán mostrados a los clientes. Hablo de terrazas, dormitorios, corredores, cocinas, vestidores, balcones, patios y otras habitaciones imposibles de concebir o describir si las referencias que se poseen forman parte de un imaginario asolado por el movimiento de las microbrigadas, el prefabricado y de aquellos módulos habitacionales tan confortables cual microwaves de concreto. En esos escenarios se instaura su proceso creativo.

No hay familiaridad alguna entre el fotógrafo y el espectador con respecto de los ambientes retratados, al menos no en la forma de la cotidianidad, de la rutina y hábitos surgidos cuando se habita por largo tiempo un espacio. Pero hay vida en ellos, una vida ajena a la del fotógrafo y la nuestra, pero que podemos imaginar quizá a través del deseo, de ciertos paradigmas de representación, empoderamiento, o simplemente porque forman parte de un paisaje propio del cine, la televisión y la literatura. Algo similar me sucede con Miami Beach, o con la ruta que hice para llegar a la galería; pongamos que a lo largo del recorrido transité de los stages de CSI Miami a escenarios similares a los de los cuentos de Raymond Carver, pero hasta aquí me permito la no ficción.

Hay en esos ambientes íntimos un extraño: el fotógrafo. Y nosotros vamos con él. Zachary los interviene con su propio cuerpo, con su devenir, con su biografía. En ese punto comienza a habitarlos, es algo súbito, físicamente transcurre durante el paréntesis en que se prepara la foto y acontece el disparo, y el breve tiempo que le toma al fotógrafo y al espacio retornar a la normalidad. Ahí se produce un vaciado, el arte “se va” a otra parte, a la de la representación, la socialización, las transacciones.

Justo cuando el arte emprende la fuga, el fotógrafo que invade el dormitorio, el jacuzzi, el corredor, la habitación de los niños, el que se oculta detrás de una cortina o se desnuda sobre una cama, el que se deja abrazar por un oso de peluche o semidesnudo sube unas escaleras desde la primera planta de un inmueble que imagino como mi propia cabeza, se nos antoja familiar.

¿Un sujeto íntimo en espacios ahora extraños? Esa posible inversión entra en diálogo con las fotos de la infancia y la juventud del fotógrafo, incluidas en la exposición bajo un cartel con el nombre del artista, un letrero cuya tipografía remite a los estados de ánimo e imaginarios de la infancia. Y si están ordenadas en un espacio cerrado y opuesto a las paredes donde se exhibe el arte fotográfico que incluye la performace abducida del espacio fotografiado para el real state, ¿acaso es la manera de representar lo que estrictamente no está sobre la imagen impresa y sí en las sucesivas capas ocultas bajo las escenas?

La calidad de impresión de una obra artística dista de la conseguida en estudios de impresión corrientes, el brillo y el colorido de la performace fotografiada contrasta con el opaco colorido de las fotos de familia. No es un detalle baladí, y forma parte del oculto relato de la exposición, de la curaduría. Pero la ingenuidad y la candidez y el arrojo de la infancia se traducen a los ambientes de lujo fotografiados, así como el deseo, la memoria, decepciones, las relaciones con los familiares sostenidas en la adolescencia, también las derrotas de la juventud. Lo íntimo y lo familiar versus lo extraño; cuerpo, alma, pensamiento y deseos en contraposición con el espacio material y los objetos.

Parece haber no poca soledad en las imágenes. Pero es una soledad concurrida. Tal parece que hay al menos un sujeto que falta, pero que ha estado ahí.

Quizá toda ausencia en la imagen pueda advertirse en la postura asumida por el fotógrafo en su variante extrema de selfie, o porque la persona omitida está trascurriendo viva en la memoria del artista. Por lo tanto, no hablamos de simples poses, aunque en los títulos de algunas obras no sea poco el humor y la ironía: Desperately Seeking Susan, American Dream, Davy Crockett, Helmut Titties, Captain America.

Me fue revelado que algunos familiares del artista que aparecen en el “apartado biográfico” fallecieron. Toda muerte es trágica para el doliente. En Intimate Stranger la representación simbólica o casi real de esas muertes ha sido condensada en varias fotos: la aniquilación por sobredosis sobre una butaca en una habitación que parece un vestidor, la muerte en la Guerra de Vietnam representada por un cuerpo cubierto con una bandera, el cáncer atroz cristalizado en la extraña peluca sobre la testa del fotógrafo. También la de la vida en la posición fetal que el personaje adopta sobre una cama cubierta por una estructura, junto a una piscina, y ciertamente parece el claustro materno; la vida en contraposición a la muerte, la preparación contra el impacto, el dolor que inevitablemente acontecerá.

Tal revelación le imprime a la serie Intimate Stranger un componente íntimo que nos sitúa de súbito fuera del contexto de lo privado. Un dolor que reconocemos pero que no es nuestro. En ese punto somos una banda de extraños asistiendo no solo a la biografía del fotógrafo, sino a su vida, tan similar a la distancia establecida por la cuarta pared si hacemos la traducción al teatro. Pero de tanto ver esa vida y la performance repetida en las 150 imágenes pasamos el umbral y, en mayor o menor medida, participamos de esa vida, de esa aparente familiaridad, incluso de la irreverencia, la ironía, el humor y el dolor.

Todo el estallido de color o los ambientes más austeros comienzan a ser parte de un imaginario simulado que ya parece pertenecernos. Estamos ya en la dicotomía planteada por el título de la serie, pasando de un contexto al otro mientras nos reconocemos, cuando nuestra propia biografía conecta con la del artista, o cuando parece que el propio fotógrafo con sus obras se reconoce en nosotros. Interrogantes sobre arte, masculinidades, nociones de género, política, sexo, religión, entre otras, estallan silenciosamente en las fotos y como vectores terminan impactando en nuestras cabezas.

Una vez fuera de la galería, en el viaje de regreso, mi cabeza retomó una vez más el ajuste. La primera guagua que abordé cruzó en la noche Little Haiti cargada de negros y latinos agotados por el arduo trabajo o dispuestos a la faena nocturna; la segunda, con su carga de turistas, migrantes latinos, y afroamericanos en escasa mayoría bajo el ventoso y polar febrero dejó atrás el Arena Theater en el downtown para llegar a South Miami Beach. Pero quiero poner en pausa cualquier intento de autoficción, mientras indago en la íntima extrañeza de una ciudad que se ha ido extendiendo ante mí.

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